martes, 4 de agosto de 2009

UNO DE "ESOS DÍAS"...

Para Marian
La gente que había en la Mos Eisley Cantina se podía contar con los dedos de la mano de un gungan.
Lo parroquia propia de entre semana. Poco más o menos que alguna cuadrilla de obreros de la Interestelar 5, dos o tres fringer a papear de caridad algún bocata de calamares Lekku refritos, una pareja de jubiletas magnaguard contándose batallitas…
—Dices tú de mili: yo me la chupé entera en la MTT, pasándolas putas con el Moff Wessex de los cojones, menudo negrero, el tio…
—Tengo entendido que tenía halitosis…
—No lo sabes tú bien. Le olía la boca a carajo de nerfherder zoófilo…
Una media mañana tranquila, de café relajado mientras se le echa un ojo al Outer Rim Journal o al Old Republican —con sus editoriales de opinión cada vez más escoradas hacia la derecha—, mañana de solysombra, de bostezo, de parados y aburridos, de lamparón de aceite en la portada del As, de ruido de remover fichas de dominó rayando la mesa de madera de sargheet.
—Ponme un Lum.
—¡Coño, chica, hay que ver como vamos tan de mañana!
—Es que llevo un día de narices, y necesito algo que me entre y me arregle el cuerpo.
—¿Y para usted? —preguntó el bardroid a la otra.
—Un cortao… ¡Con sacarina! —le gritó al camarero cuando éste ya se alejaba levitando a por la comanda.
Las dos jediesas —jovencitas universitarias vestidas al estilo de las corellianas, o sea: de blanco ibicenco— escogieron una discreta mesa lejos de la barra, donde poder hablar. A una de ellas se la llevaban los demonios.
—¡Tú que miras, pedazo de murglak!
El pobre parroquiano interpelado siguió a lo suyo, retirando la mirada de las macizas y encerrándose en su etílico mutismo.
—¡Hiiiiiiiiiiiiiiiija míiiiiiiiiiia, cómo estás hoy!
—¡Estresá, Mari Leeia, cómo voy a estar, pues estresá!
—Tampoco será para tanto.
—Mira, nena, pues sí… —Ana Lucía de Cluster y Crossbow (de los Cluster y Crossbow propietarios de una flota de Luxury Liners, que el padre es accionista de Incom y todo, del consejo de administración, vamos, una niña bien, una pija de las galaxias) sacó del bolso su caja de cigarras Nobel, y se la tendió a su amiga María Leeia.
—No, no, a mí el tabaco de Carababba me hace que me vaya de bareta.
—Total, lo que te digo, tía, que no lo veo claro, que no… La An'ya Kuro de las narices me ha dejado dos para septiembre.
—No fastidies…
—Sí tía, las dos troncales. Una de primero y otra de tercero. Las llevo arrastrando.
—Qué fuerte…
—No lo sabes tú bien… —traen las bebidas— Gracias, ¿aceptáis jedcred?
El droide camarero dice que sí y cobra la comanda, momento en el que la joven Ana Lucía cae en la cuenta de que el tipejo de la barra las sigue mirando.
—¡Pero tú es que eres gilipollas o qué!
De nuevo baja la cabeza el solitario aburrido.
—Bueno, lo que te venía diciendo, nena, que la cosa pinta mal. Mi padre está que trina, no se le puede hablar, salta por cualquier cosa, mi madre que no sabe lo que hacer con él, desde que se lo dije la semana pasada no me coge el holocomm cuando le llamo, total…, un show.
—Pues qué lástima.
—Ya ves…
—¿Y Luck qué dice?
Luck Skyfucker era el chico más popular del campus. Alto, rubio, esbelto, ágil, buen deportista y con fama de amante magnífico—no en vano había heredado de su padre el apellido y el gen pasional de los Skyfucker—. Se ennovió con la pava el pasado verano. Sus amigotes le decían que había pegado el braguetazo del siglo.
—¿Luck? —respondió Ana Lucía con pasmo teatral— Al pichafloja ese me parece a mí que cualquier día de estos le voy a dar la patada y lo voy a mandar a zurrir mierdas.
—Que poco fina eres cuando quieres, niña…
—¡Pero si es que no hay dios que lo aguante, tía! Además… —bajó la voz en tono confidencial—, a mí me parece que es de los que les gusta que los pongan mirando a Cloud City.
—No me digas…
—Lo que te digo.
—No me lo puedo creer…
—Para que veas —sorbió de su Lum— ¡La puta, qué fuerte está esto! Bueno, lo que te iba diciendo, que no sé lo que hacer. Me va de culo, para qué te voy a engañar. Y me estoy pensando que lo mismo es que esta carrera no es lo mío…
—¡Pero tía, no digas eso!
—Sí, sí.
—¡Si es una mala racha, tía, espérate que pase!
—No, hija. Ya me lo he pensado, que llevo dándole vueltas al tarro mi buena temporadita y que veo que esto de ser Jedi no es para mí.
—¡Pero qué dices…!
—Lo que oyes. El curso que viene lo mismo me apunto a Farmacia, que pienso que es más asequible…
—¡Pero tía, Ana Luci, no vas a tirar todos estos años por la borda!
—Que sí, que sí, que ya lo tengo decidido. Además, no quiero con esto ponerte de mala leche, pero, ¿te has parado a pensar en el número de jedis mujeres que llegan a algo en esta profesión?
Mari Leeia se queda pensativa antes de responder.
—Pues no sé tía, alguna habrá.
—¿Cuántas conoces?
—Pues…, no sé…, a la An'ya Kuro, sin ir más lejos.
—Una profesora interina, pero vale. Dime otra.
—No sé, ahora no caigo en ninguna…
—¿Ves? ¿Ves? ¡Ni una sola, ni una sola hay! Tía, que te lo digo yo: lo de ser Jedi y llegar a algo en la vida está reservado en exclusiva a los hombres. ¡No hay cojones de acceder a cierto nivel, tía! ¡Llegas hasta aquí y te pegas en la cabeza con un techo de cristal que a ver quién es la que tiene cojones suficientes para romperlo! ¡Imposible, tía, imposible! ¡Coto vedado, reservado para los tíos, qué me cuentas!
Mari Leia parecía afectada en serio.
—Joder, tía, pues nunca me había parado a pensarlo…
—¡Lo ves, lo ves…! Yo no digo nada, tú haz con tu vida lo que quieras…, pero yo me meto en Farmacia, que tiene más salidas.
—Joder tía, me has dejado flasheada… Putos tíos…
—Putos tíos…
Al momento de volver a sorber de su vaso, Ana Lucía de Cluster y Crossbow cae en la cuenta de que el paleto de la barra sigue mirándolas. Ni corta ni perezosa, focaliza su Fuerza mental en la bandeja del lavavajillas, desde donde brinca un tenedor de carne que se lanza hacia el entrecejo del bebedor, frenándose en seco a pocos centímetros de su frente, con el consiguiente repullo de pavor por parte del interfecto.
—¡Mira, capullo —grita Ana Lucía, haciendo que en el vacío garito se vuelvan las pocas cabezas de los presentes—, como sigas con las miraditas la próxima vez no me lo pensaré dos veces…!
—Vale, vale… —solloza el capullo.
Mari Leela está sorprendida de la mala baba que se gasta su amiga esa mañana, y lo deja bien claro.
—Tía, me asustas. Estás alteradilla…
—Ya, tía —responde la jediesa Ana Lucía—. Es que para colmo de males hoy tengo… ya sabes… uno de “esos días” en que una está… más cerca del lado oscuro.
—No, si se te nota…

lunes, 20 de julio de 2009

LA GENTE ESTÁ MUY MAL (II)

—...y por todo esto dedujo Graves que los hongos, en concreto la falsa oronja, eran el agente catártico de los misterios de Eleusis. Ya ves, tan a las claras estaba que nadie había caído en la cuenta. Como en la Carta Robada de Poe.
—Vaya... Menuda coña.
El gallego me pasaba el porrito trompetero, que yo intercalaba entre calada e idem, sorbito corto, de mi pequeña y querida pipa bent. Así echábamos por alto la noche, arrebujados en el Ford Fiesta másviejoquelmear que para el despacho compramos de rebajón supino en Almussafes, hacía medio año.
—Y el Graves ese... —preguntó mi sahumerizado compañero— era cojonudo, ¿no?
—Bueno, tenía sus puntos.
Había llamado aquella tarde a la gorda canallesca para decirle que mi amigo y yo íbamos a pasarnos por su casa para estudiar la pintada amenazadora de la pared. Le metí un rollo de que si estudio grafológico, que si averiguar ciertas nociones básicas fisiológico-morfológicas (el palabro era mío) del autor de la pintura: fijándonos bien en ciertos detalles aparentemente baladíes podíamos aproximarnos a un desdibujado retrato robot del individuo en cuestión, que si altura, que si era diestro o zurdo, que si el trazo del escrito correspondía a una mano femenina o masculina, que si la fuerza aplicada era propia de cierta franja de edad o de cierta otra... Total: una trola entresacada de Estudio en Escarlata y algún que otro librete sensacionalista sobre Jack el Destripador.
—Pero entonces... Robert Graves es el de Rey Jesús —dijo el gallego, rematando el porro.
—Sí, ese mismo. ¿Te leíste ya el libro?
—No suelo leerme lo que me aconsejas.
Ea. Tus huevos toreros.
—Pues me lo devuelves, bonico —le dije.
—No sé ni donde lo tengo.
Después de echar el rato haciéndole cucamonas teatrales, de mucha reconcentración investigadora y todo eso, y sacando fotos de la pintada, mandé al gallego a comprar pintura del tono de la pared de la señora. Ella se extrañó de la cosa, no se lo esperaba. “Bueno, no querrá usted tener el insulto este en la fachada de su casa”, le dije. “Es la prueba del delito,” me contestó, “y por mucho que pueda ofenderme, no debo entorpecer las pesquisas borrando el principal indicio”. “No se confunda, señora,” me atreví a discrepar, “necesitamos saber si esto ha sido un hecho aislado o el individuo en cuestión tiene ánimo de acosador y repintará sobre lo borrado”. “Si eso fuera así, la cosa cambia, ¿verdad?”, indagó doña Encarnación, con una lucecilla titilante en el fondo de sus acuosos ojillos de vieja gorda canallesca. “Hombre, por supuesto, de ser así la cosa concurriría más preocupante, usted sabe”.
—Robert Graves entonces... —comenzó a decir el gallego, liándose otro porro— No, quiero decir... ¿a ti cómo te da por leer todas estas cosas?
—Y yo qué sé.
—Joder, macho, eres más entretenido que... que el mundo, tío.
—Menudas guardias nos hacemos, ¿eh?
En ese momento, un tipo joven, de andares achispados y gorro de punto como boina de bellota abrazándole el melón, se acercó a la pared de nuestros desvelos.
—Espera, espera, espera... —se puso en prevención mi compañero.
El joven trasegó bajo su abrigo, miró a izquierda y derecha, el gallego preparó la cámara para la foto finish y...: epa, el fulano se sacó la churra y a mear.
—No te molestes —tranquilicé al gallego, con la pipa colgando mustia de la comisura de mis labios—, si este no podía ser. Vamos, como no fuera que el culpable de esta chorrada resulte más listo de lo que me he supuesto... lo cual dudo, la verdad sea dicha.
—No me empieces a tocar las narices, Daniel.
—Tranquilo, gallego, no tardará en aparecer.
A doña Encarnación, una vez terminada de blanquear la pared de su casa y desaparecido de la vista de cualquiera el “Eres gorda y canallesca”, le di las buenas tardes y me despedí de ella. “Pero, ¿cómo?,” era toda sorpresa, “¿y ya está?” “Bueno, señora, usted confíe en nosotros. El protocolo indica los pasos que debemos seguir. Aguardaremos un tiempo prudencial y si la pintada vuelve a aparecer usted nos avisa y tomaremos entonces las medidas oportunas.” “¿Cuáles?” “Vigilancia, seguimientos, confeccionaríamos una lista de sospechosos..., lo común”. “¡Y por qué no empiezan a hacerlo ya!”, estaba ofuscada la tía. “Comprenda que si resulta un hecho aislado no merecería la pena”. “Entonces, ¿ustedes ya se desentienden?” “Hombre, nosotros esperaremos a ver cómo se desenvuelven los acontecimientos”. “¡Le digo que esto es bochornoso, señor Hurtado!” “No se irrite, doña Encarnación, y confíe en los profesionales”. Y así la dejamos, trinando.
—¿Qué hora tienes? —pregunté al gallego, ya que el reloj del salpicadero no funcionaba (cosa de los vehículos de ocasión).
—Las... doce y media..., no: la una y media.
Iba yo listos con el Watson toxicómano.
No fue ni decir la media cuando doña Encarnación abrió la cancela de su casa. Tan grande como era, su figura se contraponía cómicamente con la de su pequeño yorkshire, al que dirigí una mirada de rayos y centellas desde la penumbra en que nos ocultábamos mi compañero y yo. El gallego se rió, sospechando lo que se me pasaba por la mente.
—Mira el perrillo, qué bonito... —musitó con tono irónico.
—Vete a la mierda.
—Menudas horas para sacar al chucho a hacer sus necesidades.
—La señora no tendrá alfombra en la entradita.
—Pero mira —señaló el gallego—, lleva su bolsita y todo para recoger la caquita de su cuchi-cuchi.
Doña Encarnación llevaba efectivamente en la mano derecha una bolsita reliada, la propia de los cívicos ciudadanos prestos a recoger las deposiciones de sus mascotas. Algo que, y bien lo sabía yo, no resultaba propio de su carácter.
—Ya —dije con desgana—, ve preparando la cámara.
—¿Cómo? —el gallego pareció realmente sorprendido.
Me flipaba el poso de ingenuidad del que solía hacer gala mi partner. Tal vez fuera por eso por lo que lo apreciaba tanto: aún conservaba la capacidad de sorprenderse del género humano.
Doña Encarnación de nosequé y nosecuanto, mientras que su infecto yorkshire olisqueaba las farolas de la urbanización y sembraba cacas diarreicas a troche y moche, sacó de la bolsita que traía en la mano un botecito de pintura negra en spray y lo meneó con el vigor propio del más diestro grafitero (o de la pajera más salvaje) y ahí que se puso a pintarrajear la pared de su casita.
—Anda y échale una buena sesión fotográfica —indiqué a mi amigo, encendiéndome de nuevo la pipa, que había dejado que se agotase.
—¡No me lo puedo creer...! —comentaba mi ingenuo compañero, entre cliqueo y cliqueo de la automática—. ¡Es que parece de coña...!
—Pues no, querido amigo, es más que lógico. Por lo que me contó en el despacho quedaba claro que la tipa es una pobre criatura, más sola que la una, y a la que no hay dios que le haga caso. No tiene hijos, su marido, que sí que estaba bien relacionado en vida, murió dejándola al aire de sus conocencias, y me dejó entrever que sus sobrinos, con los que alguna relación tuvo de esas de “yo soy tu tita preferida, ¿a que sí?”, ya ni la visitan. Esa insistencia plomiza en contarme sus grandezas y sus amigos tan influyentes, y su buen nombre que tenía que mantener, y que tal y que cual, no dejaba lugar a dudas: la tía se aburre y ya quisiera tener de tanto como presume. Pobre...
—Buscaba amiguitos con los que jugar.
—Algo así, gallego, algo así. Llamar la atención más bien. Vamos, que alguien se fije en ella.
Doña Encarnación terminó su capilla sixtina y se metió en su portal, no sin antes reclamar a su Cuqui, me parece que le dijo, que entrara “en la casa con mamá”.
—Y ya el perrillo faldero me remató la intuición —comenté al gallego, que acababa de retractar el objetivo de la cámara.
Tomó el nuevo porro recién liado y lo encendió, dándole una calada expectorante. Ambos mirábamos a la nueva pintada de la señora, sin decir ni mu. Hasta que me decidí a hablar.
—Pues sí, esta sociedad crea monstruos patéticos. La puta soledad, la deshumanización. La vida de demasiada gente es tan triste... Y me creo que vamos a peor, gallego.
—Pffff.... La gente está muy mal.
—Pues sí.
—¿Y ahora qué? —inquirió mi compañero.
—¿Cómo que ahora qué? —le miré fijamente— Que le seguiremos el rollo hasta que se harte de nosotros y deje de soltarnos billetes por hacer el paripé.
—Y serás capaz...
—¡No te jode, si te parece no comemos este mes, ni pagamos facturas ni nada! Coño, de algún lado hay que sacar. ¿Tienes algo mejor?
—Bueno, he pensado montar una cerrajería veinticuatro horas.
Di una calada al porro que el gallego me ofrecía.
—Mira, ¿ves? —confesé ya con la boquilla de mi bent entre los labios—, esa respuesta no me la esperaba.
—Ni yo me esperaba que esta vez la vieja escribiese “canallesca” con “y”.
Me fijé. Efectivamente. No pude reprimir la sorpresa, y se me coló una sonrisa plena de satisfacción.
—¡Coñe! ¡La tía es guasona!... ¡Empieza a caerme bien!

miércoles, 15 de julio de 2009

LA GENTE ESTÁ MUY MAL (I)

—Comprenda usted, señor Hurtado, que mi posición es más que respetable, como antes se decía entre la gente de educación. Tengo amigos, ¡qué digo amigos: amiguísimos!, en ciertas esferas, usted ya me entiende, importantes, muy importantes. Influyentes. Y enemigos poderosos, que todo hay que decirlo también. La calidad de la persona se conoce por el nivel de sus enemigos...
La imaginación se me fue al Doctor No, así, sin quererlo. Luego pasé al Joker, a Fuman Chú y a Moriarty.
Friki de los cojones...
—Doy por sentada su discreción, señor Hurtado.
Ah, y también se me vino a la perola el Doctor Gang, y el tío ese del cuerno de Dragones y Mazmorras (cómo es... ¡Venger, Venger es! Muy pocos saben que en realidad era hijo del Amo del Calabozo. Pero yo sí que lo sé. Soy un friki con recursos), y me permití la licencia de acordarme del Doctor Doom, que ya ves tú lo que a mí me importa la Marvel... Por cierto, menuda caterva de malos con el doctorado hecho. La lista no tiene fin. Un puto reflejo de la vida misma. El Doctor Maligno, el Doctor Octopus... Seguro que Bin Laden es doctor en algo (nota mental: buscar en la Wikipedia los estudios superiores de Bin Laden).
—¿Señor Hurtado, me está usted escuchando?
—Sí, doña Encarnación, no pierdo jopo.
—¿Qué?
—Nada, usted ya me entiende.
—Bien, me gustaría saber si entonces puedo contar con sus servicios.
La vieja aquella del perrito faldero ya me había tocado sobradamente los mondongos con la tontería de la pintada amenazadora. Yo no sé lo que se pensaría la mujer que iban a hacerle. Si la violaban hubiera sido un favor, pero pura quimera tal posibilidad. Matarla: el favor seguro hubiese sido para los vecinos. Además, la pintada de la que me hablaba no dejaba claro las intenciones de los acosadores. “Eres gorda y canallesca”.
Hombre, tenía arte la cosa.
—Pues mire usted, señora —le respondí al fin—, yo por mí le hago el encargo, pero honradamente es mi deber decirle que no veo la cosa como para tanto, y contratar a un detective sólo para saber quién o quiénes le gastan una broma de mal gusto, sin más, pues qué quiere que le diga...
—Si es por el dinero...
—¡No, no, el adelanto es muy generoso, señora, eso ya se lo digo yo! Pero se lo comento por mera ética profesional. La cosa cambiaría si hubiera recibido usted alguna amenaza más específica.
—¡Lo mismo me dijo la policía y por eso he acudido a usted, señor Hurtado! ¡Si este caso le parece poca cosa me marcho con mi problema a otro detective! ¡En Madrid abundan, y el trabajo escasea!
Pero la tía no hizo ni el ademán de levantarse de la silla.
Qué se pensaría la gorda, que me chupo el dedo. Para que terminara encargándome a mí la mierda esta ya le había tenido que ir con el cuento a más de uno que por supuesto la había mandado a freír moñigas. Yo era bien consciente de mi posición en este negocio: el último plato, el nuevo, el becario, el de coña, el vagón de cola, el de lo que nadie quiere. Venga ya...
—No, señora, nada de eso, usted no se preocupe. Mi compañero y yo nos encargaremos de su caso convenientemente. Y ahora, si me disculpa...
Me puse en pie con el gesto prototípico de “le acompaño a la salida”, aprendido en una jartá de películas de..., de películas.
—Le ruego discreción nuevamente, señor Hurtado. Comprenda que para mí este asunto es bochornoso, un verdadero quebradero de cabeza. Mi dignidad está en juego, dejo el buen nombre de mi persona en sus manos. Confío en usted. Es algo inaudito, incomodísimo. Piense que yo tengo una reputación que mantener delante de mis amistades, que son todas de calidad. Sin ir más lejos mañana estoy invitada a una recepción en la embajada de...
—Sí, sí, señora, pero le ruego sepa disculparme —mi mejor y más cínica sonrisa custodiaba mis palabras— tengo muchos otros asuntos que resolver esta mañana y ya sabe lo que se dice...
Esperó la tía burra a saber lo que se dice, mirándome fijamente con estúpido interés.
—Que el tiempo es oro y esas cosas... —respondí con vulgar improvisación.
—En tal caso, seguiremos en contacto, señor Hurtado.
—Por supuesto, doña Encarnación. No daré un solo paso sin que usted esté convenientemente informada.
—Buenos días entonces.
—Buenos días.
Cerré la puerta, se me descabalgó la sonrisa y busqué al gallego con la mirada. Estaba el tío descojonándose en sordina parapetado tras una revista de tías en cueros, medio derrengado en el sofá de tres cuerpos de la salita de estar.
—Menuda cotorra —me dijo.
—Pesailla.
—Un coñazo. ¿Y qué es lo que pone en la pintada?
—“Eres gorda y canallesca”.
—Y cotorra —se rió—. Todavía me voy esta noche y le pongo la coletilla.
—Falta hace, gallego.
Me volví camino de mi despacho, donde me esperaba un Montecristo de buen calibre envuelto en papelillo de seda color verde, regalo de una buena amiga, y que aquella mañana merecía ser fumado a la salud de doña Encarnación de nosequé y nosecuanto, viuda de otro que me importaba un carajo, y de sus neuras de vieja chocha harta de billetes.
—Daniel.
—Qué pasa, gallego.
—Que sepas que el perrillo se ha cagao en la alfombra del hall.
Dirigí una mirada de furia al suelo de la entradita. Efectivamente: una catalina más grande que el puto yorkshire.
Me encendí. No te jode...
—¡Será la tía gorda y... y... canallesca!

lunes, 6 de julio de 2009

ELEGÍA A MICHAEL JACKSON EN EL DÍA DE SU MEDIÁTICO FUNERAL

Te moriste,
¡hay que pitufarse!
Te moriste, niño eterno,
siempre eterno: blanco nuclear.

Las sirenas de las ambulancias,
aspas zumbonas de los helicópteros,
pedos de monja, rebuznos de obispo,
música acuática: blanco nuclear.

Entre ramalazos tristes de falso ingenuo,
te moriste, animalico mío,
como se mueren los héroes:
atiborrado a Prozac.

Nos dejaste,
claro que nos dejaste.
Nos dejaste, claro
claro: blanco nuclear.

Y no te comprendieron las rosas,
y no te descubrieron las pencas,
ni las duendas tetonas.
Te moriste, muchacho... vaya por Dios.

Desamparaste, viudos, a tu mono y a tu tigre,
¿o acaso los habías vendido, hijo mío,
criaturica, para hacerte de un puñado
de un puñado de pastillas,
no más?

Acabose, terminose y afanose
el forense: cortaplumas.
Te moriste,
mantequilla sin sal.

Y lo siento,
de veras, créeme, que yo lo siento.
Porque siempre en lo más hondo
de un payaso hay un hombre.

Blanco nuclear. Corderito de Norit.

Te moriste,
ahora que me noto más Vázquez Montalbán que nunca
vas y te mueres.
Peor para ti.

Porque por eso yo te dedico —misico, misico—
estos versos subnormales, surreales, suturales
de forense.

No me gusta, no me gusta que te encierren
en la urna.

De Blanca Nieves, niña, de Blanca Nieves,
en la urna.

Piénsatelo bien, Maiquel Yacson,
piénsatelo bien lo de haberte muerto.
¿No te das cuenta, animal de bellota,
de la poca decencia estética de lo que tú has hecho?

Maiquel Yacson, por favor,
dame un minuto y te lo piensas.

Las abejas de la granja del oso Bubú,
las panfilias sinópticas de raíces psicotrópicas,
los helados de fresa, el braguero de Gualter Disney,
los corazones rotos, las pegatinas de Super Pop...
¡Macho, pero en qué estabas pensando!

Ya te veíamos rarillo últimamente,
distraidillo, acarajotado...
y, mira por donde, era que te estabas muriendo.

Dijeron anoche, en las noticias,
que estabas calvo y sin tabique nasal.
Yo les indiqué de tu parte
que los negros —por lo general— no tenéis ternilla en la nariz.

¿Y sabes qué me contestó el de la tele?
NADA, macho, NADA.
Porque los señores que salen en la tele no pueden escucharte
(salvo que entres en directo, supongamos, por una llamada al programa).

Pero a los telediarios, Maiquel,
por si no lo sabías,
no llama nadie.
Vamos, no suele.
Antiguamente el regidor,
pero ahora con el pinganillo
se ha perdido romanticismo.

¡Ay, ay, Maiquel!
¡Sé que me entiendes, que reconoces en mis palabras
la fuente de toda franqueza!

Rugen los animales perversos,
secan las horas el ojo de los peces.
Mírate al espejo, Maiquel, mírate.

Estás desmejorao.

martes, 30 de junio de 2009

COSAS QUE NUNCA TE DIJE (PORQUE PA QUÉ...)

Mi novia regresó del coqueto cuarto de aseo de aquellos amigos nuestros con una sonrisa de satisfacción golosona adornándole la carita. No me podía ni imaginar a qué se debía aquello. Pensé: el desahogo intestinal, el solaz roce sabrosón del onanismo, el hallazgo casual de los turbios secretos de belleza de la íntima, la zafiedad del desbroce gaseoso... Risilla, risilla.
Los amigos estaban en la cocina, preparándonos agasajos culinarios.
—¿A que no sabes qué? —dijo mi novia en voz baja.
Ni respondí. No sabía qué. Si yo supiera qué me estaría ganando la vida en el Retiro, de mentalista, o en la CIA, leyéndole el pensamiento a los terroristas de Al-Qaeda (“¡Planean atentar en el McDonald´s de la 57 con Park Avenue!”).
—Cuando vivamos juntos también lo vamos a hacer nosotros, que me ha parecido un detalle la mar de discreto.
O estaría cubriéndome de millones en Las Vegas, apostando duro y jugando a cualquier juego con baraja de por medio, partiéndome el orto ante la limpidez que supondrían para mí las estrategias de mis adversarios.
—Es que estos dos tienen unas cosas... Son de detallosos...
O seduciendo a mujeres en las que pudiera sorprender cualquier indicio mental de atracción hacia mí, de pasiones ninfomaníacas o de desamparos faltos de achuchones a la lúbrica desesperada.
—Mira si son discretos, que dejan al lado de la jabonera del lavabo una cajita de cerillas...
Incluso entrando en los mayores bancos del mundo, averiguando las combinaciones de las blindadas, con un simple vistazo al backstage de los ojos de los directores de oficina, y robando con guante blanco el contenido de las cajas de seguridad.
—Y le he preguntado a la Inma: ¿Inma, para qué está aquí la cajita esta de cerillas? ¿Y sabes lo que me ha dicho?
No. no lo sé. Si lo supiera estaría escrutándole la mollera a señoronas ricas para conocer cuántos son y dónde se guardan sus caudales, haciéndome con las claves de la seguridad de sus caserones, solitarios y embalsamados con lavanda. Sí, entonces entraría en ellos con nocturnidad y me haría de oro con la mágica facilidad de la que pudiera hacer gala un Arsenio Lupín cruzado con Anthony Blake.
—Pues que lo pone para que si tú crees que... bueno, que huele mucho lo que has... las flatulencias y tal, pues enciendes una cerillita...
Visitaría al Papa y sabría al instante, de una mirada, si cree realmente en Dios o nos está engañando. Participaría en reuniones de alto nivel diplomático, costeado a precio de oro por los mandatarios del planeta, deseosos de que yo fuera testigo fidedigno de todo cuanto se hablara, todo cuanto se firmara entre un país y otro, dando fe de la veracidad de lo pactado, de las intenciones claras y sin ambages de los signatarios de acuerdos importantes en seguridad, no agresión, comercio, inversión en desarrollo...
—Y así se queman los gases que huelen peste y ya no te da vergüenza que viniendo de visita le hayas dejado el retrete oliendo a perros muertos...
Y esos mismos países me sobornarían para hacerles creer a los otros las verdades o mentiras que ellos decidieran, y mis servicios serían un continuo trajín del mejor postor. Yo supondría un serio peligro para muchos, pero otros tantos defenderían mi vida a cualquier precio, manteniéndome custodiado como el mejor tesoro, la mejor arma, para la paz de Occidente... o de Oriente (viviendo en Dubai como un rajá todopoderoso...).
—¿Qué te parece? ¿A que es buena idea?
Al final, las naciones se arrodillarían a mis pies, mi poder derrumbaría sistemas e impondría otros nuevos. Yo controlaría el mundo, alertaría de los peligros, desarticularía las amenazas. Todos me considerarían como un juez suprahumano, como un semidiós. Alguien en quien descansaría la Paz mundial, la esperanza y la buena guía hacia un mañana luminoso: la realización, al fin, del sueño de la Humanidad. Sería su dirigente supremo, elegido por abrumadora mayoría. El mundo entero me aclamaría, se entregaría a mí sin fisuras a cambio de que mi don fuese utilizado para el Bien, de que yo fuese el faro que les indicase el buen puerto al que arribar. Yo sería el padre de una Nueva Era.
—¿De qué habláis? —Inma llegó con una bandeja de canapés.
Mi novia sonrió como una niña chica y se le ruborizaron tiernamente las mejillas.
—Nada..., de peos...
Las dos rieron con cuchufleta traviesa. Ay, Dios...

viernes, 19 de junio de 2009

ME CAGO EN MI SUERTE...

Cristiano Ronaldo cobrará 13 millones de euros brutos por temporada.
MADRID (AFP) El delantero portugués Cristiano Ronaldo podría cobrar en el Real Madrid un salario bruto anual de 13 millones de euros por temporada, convirtiéndose en el futbolista mejor pagado del mundo, según el rotativo deportivo Marca.
—Sabes... —dijo Romera pasándole el porro a García—, yo con trece millones de euros al año, ¿sabes lo que haría?... ¿Sabes lo que haría?
—Qué...
—Pues ni idea, macho..., no tengo ni idea de lo que sería capaz de hacer.
Trascurrieron un par de minutos de absorto silencio, contemplativo, trapense. El entorno del parque natural actuaba acompasado, sutil, etéreo, magnificente. Las migraciones primaverales, puertas con el estío, llenaban de color y rumor aquellos parajes lujuriosos de vida.
—Yo... —esta vez hablaba García—, yo creo que me compraría una casa...
La risa tonta, desfallecida, se dibujó en la boca de su compañero.
—¿Una? ¡Cien, colega, te puedes comprar cien casas si quieres!
—Hombre..., cien tampoco.
—¿Que no? ¡Haz cuentas!
Cuatro o cinco minutos de silencio contemplativo. Porro de relevos. Calada profunda, exhalación tranquila. Goce. Relax. Doñana de fondo. La marisma.
—¿Eso es un águila calzada o un azor? —pregunta García.
Romera toma los prismáticos con lentitud teatral. Se los acerca a los ojos entornados y, tras otra caladita espirituosa, reflexiona unos instantes. Instantes volátiles.
—Eso es un águila calzada, macho.
Pasa un minuto largo, desleído en vahos.
—Claro..., si aquí no tenemos azores —sentencia García.
Los dos compañeros ríen como al relentí. Se achata el porro.
—¡Mátalo! —ofrece Romera.
—¡Mát... mátolo! —y se ríe del puro hallazgo— ¡A quien habría que matar es al Cristiano ese de los huevos!
—Anda que no, tío.
—Y al Florentino y a to su casta...
—Sí... —y ríe también Romera con la risilla tonta—. Qué bruticos somos...
—Pero es que la cosa tiene bemoles. ¡Qué obscenidad, macho, qué sin sentido! Y luego nos echamos a la calle a vitorear a este puñado de... de...
—Hijosdeputa, dilo, García, dilo: de hijosdeputa...
—Con la crisis que llevamos a cuestas y los niños muriéndose en África sin qué llevarse a la boca...
—Yo creo que eso lo pensamos todos —Romera comenzó a liar un nuevo trompetero, el tercero ya de la aburrida jornada—. Bueno, y quien no lo piense no tiene entrañas.
—Yo..., yo a veces creo... creo que esto tiene que reventar por algún lado, tío. Que tarde o temprano volveremos a cabrearnos los desterrados hijos de Eva y a meterle cuatro tiros a más de uno por... por amoral. ¡Más anarquismo y menos fútbol!
—No creas, la peña está agilipollá...
—Ya, eso es lo que más me jode, tú...
Otros tantos minutos de silencio acompañado, encendido de peta, caladas profundas, de nuevo la mente vuela, el entorno acompaña.
—Me da un coraje... —comenta García.
—Sí, para que ese idiota cobre lo que va a cobrar, cuántos estarán trabajando como esclavos por cuatro perras marranas, cuántos muriéndose de hambre.
—Cuántos sin trabajo y a pique de hacer una locura.
—Y luego esos son los mismos que van y les ríen la gracia a estos cabrones.
—Sí.
—Los mismos, eh. En lugar de echarnos todos a la calle y decir hasta aquí hemos llegao.
—Nos echamos a la calle pero para celebrar sus victorias, sin pararnos a pensar que para que ellos cobren lo que cobran deben generar una burrada a los que los contratan, y los que los contratan deben trincar a base de bien de aquí y de allá, y mientras, jaja jiji, los demás tomando por culo..., sueldos miserables, ahogados con hipotecas, sin horas en el día para vivir, vendidos, esclavos...
—Qué mal repartío está el mundo.
García mira al horizonte. El esplendor de Doñana.
—Somos gilipollas, macho.
Un hombre tambaleante se asoma detrás de unos setos. Romera reacciona.
—¿Y eso?
Toma los binoculares. En el aumente observa que se trata de un joven entre treinta y cuarenta años, de pelo castaño repeinado hacia atrás aunque con cierto desaliño, barba sin afeitar de bastantes días, patillas prominentes, camisa a rayas verticales rojas y blancas remangada hasta medio antebrazo, pantalones con algún jirón pero buenas hechuras, polito Blueberry´s azul cielo anudado sobre los hombros y el medallón al pecho.
—¡Ostias, el romero pródigo! —exclama Romera.
—A las... ¿cuánto? ¿Tres semanas?
—Sí, ya va para un mes.
Romera trasiega por el hueco de la abierta ventanilla del Patrol benemérito. Toma la cacharra trasmisora y le sopla al oído.
—Unidad quince a central, unidad quince a central... Envíen equipo sanitario, repito: envíen equipo sanitario. Rociero localizado con éxito, repito: rociero localizado con éxito. Responde a la descripción facilitada. Procedemos conforme al protocolo. El sargento García me acompaña para realizarle las pruebas periciales. Cambio y cierro.

miércoles, 3 de junio de 2009

Y por eso...

Para Amparo y Concha.

—Y por eso es por lo que yo opino que de ejemplo de renovación nada, y que nos venden la moto de que es un gran adelanto modernizador para la Monarquía que no se ajusta a la realidad. Si lo piensas un poco te das cuenta del truco. Y no es porque la Monarquía, ya de suya, sea incompatible con cualquier clase de contempore..., contemporani... contemporeainiza... contemponización..., bueno, con el signo de los tiempos. ¡No, qué va! El asunto no es de forma: es de fondo. Porque, a ver, con tanto de que la Letizia Ortiz trae aires nuevos a la Casa Real, con que es una mujer de mundo, moderna, emancipada, normal y corriente, un espejo en el que se pueden mirar todas las mujeres dinámicas y rabiosamente emancipadas. ¿He dicho ya lo de emancipada? Sí. Bueno, eso. Que no, vamos, que no. ¿No le parece a usted, señora, que lo que han dado en realidad, delante de nuestras propias narices, es un paso atrás? A ver, hemos sido víctimas de un engaño, de una quimera de esas. ¿No lo ve? ¿Eh? ¿No lo ve usted? ¿Eh, señora? Porque la tía..., Letizia, doña Letizia, la Princesa de Asturias vamos, la próxima reina de España, que está por ver, pero bueno..., Letizia, digo, va hacia atrás como las tortugas..., como los cangrejos, quiero decir. Que va para atrás, vamos. Socialmente, a nivel de emancipación femenina y esos rollos. Porque ella era emancipada, vale, y libre, vale, y dueña de sí misma, como una mujer moderna, y ahora está comiendo mier... está amordazada por lo, por la, por los protocolos y eso de la Casa Real, y ha cambiado mucho, usted lo ve en la tele y las revistas, ha perdido chispa, naturalidad...: emancipación. No es ejemplo para la mujer moderna, todo lo contrario, es la renuncia misma de los logros de toda mujer libre y... emancipada. Usted perdone, es que no encuentro otra palabra mejor para definir el asunto y me repito, ya sabe usted que las cosas hay que llamarlas al pan pan y al vino vino... Bueno, que a mí me parecían más emancipadas y más dueñas de sí mismas las reinas antiguas, como Isabel y Fernando, esto, Isabel. ¿No? ¿Me entiende? Que mandaban en sus territorios y se casaban con los reyes y todo eso y mantenían sus dominios, y mandaban y los..., los tenían bien puestos y no había quien les chistara, ¿sabe?, y aportaban al matrimonio, sumaban, no restaban. ¿Me entiende? Vamos, que ahora nos dicen que lo moderno es que un rey se case con una plebeya, que eso es moderno, pero la plebeya..., la plebeya, ¿qué es la plebeya? Una vagina, nada más, una vagina. Una fábrica de hererdeci... de herederitos. Pues eso, y las reinas y las princesas de antes con sus matrimonios hacían alianzas entre territorios, y evitaban guerras, y estrategias, y aportaban..., y no dejaban de ser dueñas de lo suyo, eran poderosas, ¿me sigue?, no eran meras vaginas. Y la Letizia Ortiz sólo sirve..., no tiene otra cosa que ofrecer a la Nación, digo, a la Corona... Y eso no es, ¿sabe? Eso no es. Vamos, que sí, que viene del pueblo y tal, pero la han anulado en su personalidad y ahora sólo vale para saludar en las recepciones y parir niños, ¿sabe? ¿Y eso es signo de modernización de las Casas Reales? ¿Desvestir de su dignidad personal a una mujer de hoy en día para convertirla en una simple vagina procreadora? Las reinas de antes por lo menos aportaban otras cosas al matrimonio, no restaban, sumaban. Esas sí, sí que eran... emancipadas. ¿Me comprende? Aunque eran antiguas sumaban, no restaban, y mandaban tanto como sus maridos porque no renunciaban a lo que tenían. Eran reinas y a ver quien les tosía. ¿Me sigue?
Doña Virtudes, de Acción Católica, afiliada al PP y presidenta de las damas del ropero de Santa Engracia alargó su brazo ebúrneo titilante de pulseras. Le entregó a Jorgito Palotes, hijo de la vecina del piso de arriba, un calcetín viudo y una camiseta húmeda con la bandera tricolor y el lema “A por la Tercera” campeando en el pecho de algodón.
—Muchas gracias, señora, la próxima vez le pondré mejor las pinzas, que estará usted hasta el moño de que cada dos por tres se me caiga la ropa del tendedero.
La señora le sonrió y cerró la puerta. Su marido, que leía el ABC en la salita de estar la recibió sin despegar la vista de la columna de Antonio Burgos.
—Manolo, qué razón lleva el niño de la vecina...